Antes era salvaje y se deslizaba entre la floresta con su cuerpo elástico y sus pasos silenciosos de felino. Levantaba cada pata y la volvía a apoyar con la gracia de una bailarina de ballet.
Su pelaje se camuflaba entre las sombras y las luces del bosque. Se trepaba por el tronco hasta las ramas más altas como un andinista; en lo alto se estiraba con pereza, entornaba sus ojos y se relamía los bigotes; luego, se higienizaba y peinaba su pelaje con la prolijidad de un estilista francés. Esta fiera era el terror de sus pequeñas presas cuyos cadáveres comía hasta hartarse, después de paralizarlas de pánico.
Domesticado, endiosado por los egipcios y hasta momificado por aquellos humanos que no querían que sus granos de cereal pasaran al estómago de las ratas, todavía se subyugan con su mirada vacía y enigmática. Inventan leyendas para sostener el mito de sus siete vidas y de su independencia. Brujos y hechiceros de magia negra lo usan como mensajero de Lucifer.
Sólo yo sé de su crueldad y monstruosidad. Su maldad demoníaca no tiene límites y cuando caza se deleita haciendo sufrir a sus víctimas inocentes y goza al verlas aterrorizadas y estáticas hasta que el pavor las hipnotiza y él se sale con la suya otra vez más.
Al amo lo cautiva con su ronroneo monótono y sus lascivos contoneos cuando roza con su piel, las piernas humanas. Cuando desea algo, sus maullidos me dicen que ha vuelto a seducirlo. Yo quedo en desventaja porque no me muero de tristeza en ese instante.
Solo sé ponerme a cantar para olvidarme de mi maldito enemigo que siempre me acecha.
Lo sé yo. El Canario.
Marta Alicia Pereyra
Morteros, 23-06-11
El relato anterior está basado en el cambio de punto de vista de este cuento de Marco Denevi:
LA VERDAD SOBRE EL CANARIO
En estado salvaje era verde y no cantaba. Domesticado, preso en una jaula, se ha vuelto amarillo y gorjea como una soprano.
Que alguien lo atribuya a la melancolía del encierro y a la nostalgia de la libertad ¡Mentira!
Yo sé que el muy cobarde antes era verde y mudo para que no lo descubrieran entre el follaje, y ahora es amarillo para confundirse con las paredes y los barrotes dorados de la jaula. Y canta porque así se conquista la simpatía cómplice del patrón.
Lo sé yo. El Gato.
Denevi, Marco, El emperador de la China, ed. Huemul, Bs.As. 1970
